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Hoy en día, cuando las maquinas de altas
prestaciones esconden sus potentes motores dentro de los carenados, la
desmesura de este motor se hace más patente que cuando se puso a la venta, en
1978. Las maquinas naked de hoy, de estilo retro, parecen insignificantes si
se las compara con el gran bloque de cilindros de la CBX, con sus brillantes
tubos de escape en cascada.
La CBX rebosa potencia y tecnología de una
forma que las maquinas modernas no pueden ni soñar y su estilo sigue tan
actual como el día en que se presentó. Eso sí, dejando de lado al tren
delantero,
absolutamente envejecido, cuya delgada horquilla le hace parecer como si
Schwarzenegger tuviese los brazos de una modelo, la Honda es una moto por la
que cualquier diseñador daría un brazo por haber hecho su diseño.
El secreto de la longevidad de la CBX es
que su belleza no es tan sólo cosmética, sino que es real y está al
descubierto. Repasando las viejas pruebas, publicadas cuando la moto se puso
a la venta, se ve claramente que la moto se comportaba como era de esperar de
una moto con aspecto ton fiero y que llevaba además un discreto logotipo
diciendo "Super Sport", sobre su deposito y se situaba arriba de
todo en las listas de prestaciones. Sus 105 caballos siguen siendo respetables
para una maquina sin carenado e, incluso, exceden el limite de 100 caballos
que algunos nos quieren imponer.
A pesar de lo poco en que le ayuda su
aerodinámica, la velocidad punta de la Honda se acerco a los 225 km/h. Su
estabilidad y su frenada eran excelentes para lo que se llevaba en la época
y, su aceleración hizo que la revista Cycle, entonces la revista líder del
mercado americano, dijese que... "no
hay duda de que la CBX es la maquina de serie que más rápidamente acelera,
entre todas las que jamás
se han producido".
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La
CBX tiene sus orígenes en dos periodos muy diferentes de la historia de
Honda. Primero, en la mitad de los anos sesenta, cuando un joven ingeniero
llamado Soichiro Irimajiri diseño una serie de motos de cuatro tiempos, cuya
principal característica era el alto régimen al que giraban... y su gran
potencial...
Entre
los pilotos de estas motos estaban Luigi Taveri, Ralph Bryans y Mike
Hailwood. Hubo una 50 c.c. bicilíndrica que alcanzaba los 160 por hora, con
la que Bryans fue Campeón del Mundo en 1965 y la 125 de cinco cilindros con
la que, un ano mas tarde, Taveri fue Campeón Mundial; sin olvidar las míticas
250 c.c. y 297 c.c. que Hailwood llegó a la victoria en el 66 y el 67.
Honda
abandono las carreras al final de 1967 y la estrella de Irimajiri perdió
brillo en la siguiente década, no solamente en los circuitos, sino también en
los escaparates de los concesionarios. Buena parte de los ingenieros más
brillantes fueron destinados a la división de coches, que cada vez adquiría
mayor importancia dentro de Honda, mientras el diseño de las motos se
resentía. En 1977, la mejor novedad deportiva de Honda era simplemente una
puesta al día de la CB 750 de simple árbol de levas que había ido perdiendo
interés, gradualmente, durante toda la década.
El
proyecto CBX fue iniciado por el entonces director de Investigación y
Desarrollo de Honda, Tadashi Kume, levado por las ganas de diseñar una
maquina capaz de situar a la compañía otra vez en la vanguardia del diseño. A
finales de 1975, Irimajiri y otros ingenieros habían vuelto a la división de
motocicletas, a un nuevo centro de HR&D, en Asaka. Allí empezaron a
trabajar en dos proyectos diferentes: la seis cilindros y
una tetracilíndrica de 16 válvulas basada en la Honda RCB de resistencia.
No
había mucha diferencia por lo que respecta a las prestaciones de los motores,
pero la cúpula de Honda se decidió por la seis cilindros por su carácter
único y su herencia derivada de las competiciones. Irimajiri explico durante
la presentación de la CBX, dos años mas tarde... "en el Mundial
luchábamos contra los cuatro cilindros de dos tiempos de Yamaha y Suzuki;
aumentar el numero de cilindros era la única forma en que podíamos ser
competitivos. Por eso construímos una moto de cinco cilindros y dos de seis,
y la CBX es una descendiente directa de estas dos máquinas de carreras. Por
eso nos costó tan solo un año y medio su desarrollo. Ya teníamos la
tecnología de nuestra experiencia en los Grandes Premios".
Tras su creación, Soichiro Irimajiri volvió al
anonimato del HR&D de Honda, pero su nombre volvió a sonar en el Mundial
de Velocidad con el retorno frustrado del gigante japonés con la NR 500 4T
32valvulas y pistones ovales, que luego dio paso a la elitísima NR 750...
pero ésta ya es otra historia.
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Volviendo
a la CBX l.000. Esta seis cilindros de 1.047 c.c. no se revolucionaba, ni
mucho menos, como sus parientes de carreras (la 250-6 de Hailwood daba 53 CV
a 16.500 rpm.), puesto que su potencia máxima de 105 caballos se conseguía a
9.000 vueltas y el par máximo de 82 Nm. (N.A. unos 8,3 kgm) llegaba 1.000 vueltas antes. Pero
muchos detalles se copiaron o se adaptaron de las motos de carreras,
principalmente en la culata, que usaba un sistema de arandelas calibradas
para regular el movimiento de las 24 válvulas. Del cigüeñal salía una cadena
que hacia girar el árbol de levas de escape, fabricado hueco para ahorrar
peso, y de este árbol salía otra cadena que hacia girar el de admisión.
También la CBX fue pionera en el uso de magnesio en varias tapas de motor,
para ahorrar peso.
Obviamente,
el principal problema en el diseño de la seis era la anchura del motor. El
espacio para las piernas se consiguió inclinando los carburadores hacia el
interior, en dos grupos de tres. Pero la idea más brillante de Irimajiri fue
el eje auxiliar, situado encima de la caja del cambio y atacado por cadena,
que acciona el alternador y el sistema de encendido. Esto puede parecer hoy
en día una solución obvia, pero no lo era en aquellos días, cuando todas las
motos tenían su alternador en un extremo del cigüeñal. Gracias a este eje
auxiliar, el motor de la CBX 1000 acabó siendo solo 5 cm. más ancho que el de
la CB 750 tetracilíndrica.
Si
el motor de la CBX rebosaba inspiración, el conjunto de la moto, coordinado
por Norimoto Otsuka, responsable de diseño de Honda, no se quedaba atrás. El
peso era un problema casi tan grave como la anchura, lo que explica el uso de
detalles como el manillar de aluminio, los guardabarros de plástico y la
falta de extras, como un nivel de gasolina. Para el mercado más turístico ya
había la Gold Wing, por lo que Honda quiso hacer una deportiva de la CBX.
Lo
mejor de todo era que la moto tenía un aire elegante, que permitía ver el
motor sin que los tubos del chasis lo impidiesen. Por descontado, no había un
radiador que estropease el efecto, como tuvo la más tardía Kawasaki Z 1300
seis, refrigerada por liquido. Incluso la horquilla de 35 mm. de diámetro,
los frenos de disco de 276 mm. y el neumático de 3.5 x 19 pulgadas, que hoy en
día parecen tan esmirriados, eran lo mejor que había entonces.
La
prensa quedó encantada y no hizo más que recitar alabanzas de la nueva moto.
Del motor dijeron que era una obra maestra, una joya de la ingeniería, por su
mezcla de finura y brillante aceleración. La estabilidad fue considerada aceptable,
a pesar de un peso de 260 kg. que provocaba problemas una vez se empezaban a
desgastar los neumáticos.
Los
probadores pusieron el turbo de las alabanzas con expresiones como... "una maravillosa revelación que ha
elevado la categoría del motociclismo" y, "la moto número uno, del fabricante mundial numero uno".
Pero
por desgracia para Honda, el público se dejó impresionar menos. La CBX era
una moto cara, que a finales del 78 costaba más de una vez y media (en
Inglaterra) lo que valía la excelente Suzuki GS 1000. En Estados Unidos, cuna
de la Gold Wing, las cosas fueron aún peor. Allí, el modelo original Z, que
se vendía muy poco, fue seguido por la versión A, que tenía amortiguación con
precarga neumática, árboles de levas que daban un motor menos puntiagudo, un
nuevo basculante, y otros detalles.
Más tarde, la CBX-B fue rediseñada como una deportivo-turística, con
suspensión trasera Pro-Link de un solo amortiguador, un carenado más grande y
maletas. Estaba pensada para el mercado americano y se vendió muy bien allí.
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El
ejemplar de nuestra leyenda, inmaculadamente conservado, ha hecho 20.000 km.,
pero parece acabado de estrenar; el motor arranca a la primera, con un
burbujeante sonido y con una finura que al ralentí aguanta derecho un
cigarrillo sobre el depósito.
El
motor es ancho, bastante ancho, pues cuando desde el asiento miro hacia abajo
veo claramente los extremos de la gigantesca tapa de válvulas, pero, aunque
la CBX tiene un centro de gravedad alto, tiene un tacto dócil y bien
equilibrado.
Incluso
a velocidad de paseo, conducir la Seis original es toda una experiencia. Los
relojes de fondo negro y los semi-manillares siguen conservando todo su
estilo, la posición de conducción es deportiva, con el tronco echado hacia
delante, los controles son ligeros, la respuesta del gas instantánea y el
motor tan tratable, que si abres los Keihin CV desde solamente 2.000 vueltas
en quinta, la Honda salta hacia adelante sin dar señales ni de un ligero
hipo.
Lo
mejor es hacer uso de las marchas cortas, para saborear el momento en que la
aguja del tacómetro llega a las 6.000 vueltas, en, digamos, quinta, y la moto
se dispara. La CBX estira las piernas y sale como un cohete hacia el
horizonte, mientras el sonido de los dos escapes se unifica en un único
aullido. En un momento te encuentras corriendo a más de 150 por hora,
agarrado fuerte a los semi-manillares, mientras los arbustos que hay al lado
de la carretera se convierten en una imagen movida, y las amplias curvas de
la carretera parecen cerrarse.
Para
el chasis de la CBX, el tiempo ha pasado más rápido que para su motor, y para
lo que estamos acostumbrados a lo bueno, hoy en día, la horquilla y los
amortiguadores son de lo más primitivo. Los frenos, que tantas alabanzas
merecieron en el 78, se han quedado también muy atrás y la potencia de la
pinza delantera no se puede comparar con la mordida de una pinza moderna, de
cuatro pistones. Otro punto en el
que se nota el paso de los años es en la luz al suelo. Actualmente, es fácil llegar al
límite gracias a los pegajosos Michelín, que no existían cuando esta moto se
puso a la venta y sin exponer nada rocé varias con las defensas en el asfalto
y lo hubiera hecho con los cárteres
de no existir éstas.
Aun
con todos los achaques que la edad le ha hecho aparecer, la CBX sigue siendo
una máquina fácil de llevar, a la que se le puede exigir durante largos
períodos un ritmo que resulta mucho más respetable si se tiene en cuenta que
esta máquina era la reina de las carreteras cuando quienes llevan las
Superbikes de hoy en día, aún vestían calzón corto. Si bien el chasis de la
moto llega justo a cumplir con su función, el motor sigue siendo memorable;
una referencia visual, táctil y auditiva que aún deja sentir sus grandes
sensaciones y su nervio cuando se gira el puño de gas.
Quizás
lo mejor de la Seis es que jamás volverá a haber otra moto como ésta. Dada la
importancia que cada día tiene la aerodinámica, parece inconcebible que una
máquina con esta tecnología y esta intención deportiva pueda tener estas
líneas, a la vez tan simples y tan impactantes.
La
CBX fue un gesto glorioso, aunque fallido, puesto que se trató de una máquina
en la que se puso mucho genio y empeño, pero sus resultados comerciales
inmediatos fueron más bien escasos.
Pero,
como si se tratase de una obra de arte de un artista hace tiempo fallecido,
la brillantez de esta Honda sigue siendo reverenciada por los entusiastas
miembros de la Asociación Internacional de Poseedores de CBX, que tiene
delegaciones en todo el mundo.
La
CBX1000 fue rechazada en su día, no sé si por su potencia, aterrador aspecto,
quizás precio,... pero tiene asegurado un lugar en la historia del
motociclismo.
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